lunes, 23 de enero de 2012

La barra de hierro


Mi nuevo día comenzaba a las 6.15 de la mañana. Hoy tocaba visitar el Mercado Flotante Dumnoen Saduak.
A todo esto, un pequeño detalle, el cargador de la cámara fue con mi maridito a ver mundo, así que tenía que pensarme muy mucho a qué hacer fotos.
Pasaron a recogerme a las 7.00 am. Un traslado de 1 hora me llevó hasta el mercado del tren, en Maeklong. Recorrimos el poblado entre callejuelas impregnadas de aromas y olores profundos, colores, texturas, sabores a miles... A las 8.00 sonó el himno nacional y todo el mundo cesó su actividad a modo de reverencia. 




 

Se trata de un auténtico mercado tradicional de Bangkok que cuenta con una particularidad; una parte del mercado se extiende sobre las vías del tren, pero a las 9.00 am pasa el convoy, por lo que todos los comerciantes deben retirar las mercancías para no ser aplastadas. A veces llega antes de hora, a veces después, a veces no llega, y a veces descarrila...


Una vez visto el espectáculo, mi guía me llevó rápidamente al coche para ganar terreno a las decenas de furgonetas cargadas de turistas cuya próxima parada era la misma que la nuestra: el Mercado Flotante.
Al llegar al embarcadero, subimos en una canoa y nos condujeron a través de los canales rodeados de vegetación. En mi memoria iba fotografiando todas las estampas maravillosas que mis ojos contemplaban tristes al no poder compartirlo ni disfrutarlo con una persona muy especial.





Unas horas después, sin incidentes de por medio, regresamos a Bangkok. En el trayecto aproveché para "meditar" un poco después de la intensa jornada. Llegamos a la ciudad y me quedé a visitar el templo del Buda de Oro (Wat Traimit), situado en el barrio chino. Por fuera es muy hermoso, pero no esperaba lo que encontraría en el interior.
Una enorme estatua de oro macizo, de 3 metros de altura y 5,5 toneladas de peso. Wao!! Cuántas medicinas se podrían comprar con todo ese oro!!

 

Después de alucinar un rato, continué mi camino por una avenida del barrio chino. Estaba hecha polvo, así que cogí un tuk-tuk hasta mi hotel para descansar un poco.
Cuando desperté recordé que era domingo!! No me podía perder el Mercado de fin de semana más grande de Asia: Chatuchak.
Cogí un metro aéreo y uno subterráneo hasta llegar al lugar. Aquello era un laberinto sin fin. 


¿Alguna vez has imaginado un lugar en el que se pueda comprar de TODO? Pues ese sitio está aquí.


Después de unas cuantas compras y el correspondiente agotamiento físico, volví al hotel en medio de una monumental tromba de agua y allí pude comunicarme con mi chico. 
Todo andaba bien, ya tenía todo preparado para solicitar el visado en la embajada. No veíamos el momento de volver a estar juntos!!!


El día siguiente se vio un poco estropeado por la lluvia. No paró de diluviar en todo el día, pero aun así apenas pisé el hotel. No pensaba volver en mucho tiempo, así que tenía que intentar disfrutar al máximo, también para olvidarme de todo lo malo que nos había pasado.


Pude visitar la casa de Jim Thompson, cuya historia es curiosa y misteriosa, pues desapareció sin dejar rastro tras dar a conocer mundialmente los tejidos de seda tailandesa.


http://www.disfrutabangkok.com/casa-jim-thompson (más info)


Al terminar la visita, me subí en un tuk tuk para visitar varios centros comerciales. Había un tráfico muy denso y seguía lloviendo sin parar...
Mi conductor paró en una gasolinera a repostar, allí conversó con algunos chavales que me miraban sonriendo mientras yo intentaba hacerme la turista (NO me preguntéis cómo se hace eso).


Al salir de la gasolinera, un taxista se cruzó en su camino y comenzaron a lanzarse improperios el uno al otro, era tanta la intensidad de los insultos que incluso se le cayó la dentadura a mi conductor. Eso me hizo mucha gracia, pero no lo pude manifestar porque la pelea verbal se les estaba yendo de las manos. 
Intencionadamente aproximaron sus vehículos hasta casi rozarse, y en un semáforo, en medio del bullicio del tráfico, el taxista descendió con una barra de hierro en la mano :O
El conductor del tuk tuk sacó una llave inglesa de debajo de su asiento, se enfrentaron el uno al otro, y yo me quería evaporar!!
Gracias a Dios, no corrió la sangre. El semáforo se puso en verde y separaron sus caminos.

Finalmente llegué a mi destino, busqué rápidamente un local de internet para comunicarme con mi familia y mi amado. 

Pero teníamos un nuevo problema, Orange nos había cortado las líneas de los teléfonos por un elevado consumo en 3 días, así que nuestro único momento para hablar sería ese y quizás al día siguiente antes de tomar el vuelo Kuala Lumpur - Bangkok.
Me contó que ya había solicitado el visado, solo quedaban 24 horas para encontrarnos!! :D

Esa noche me acosté ilusionada, muy cansada pero loca de ganas por empezar, esta vez sí, nuestra luna de miel.

domingo, 22 de enero de 2012

2.0: Sábado

Pasó la primera noche, casi sin dormir, intentando adaptarme al nuevo horario. 
A las 6.00 am ya lucía el sol brillando y comenzaba así un nuevo día, un sábado esplendoroso con muchos misterios por delante.
El día anterior conseguí hablar con Cosmin, había llegado a Kuala Lumpur sin tener ni idea de a dónde ir. Por suerte, en el autobús de camino a la ciudad, coincidió con un trotamundos chileno, que le acompañó hasta el lugar donde se iba a alojar por 5€ la noche. Durante el fin de semana, la embajada permanecía cerrada, así que tuvo tiempo de conocer la ciudad y de buscar el sitio para acudir el lunes a primera hora y tener el visado listo para el martes (5 días después de nuestra llegada).
Yo por mi parte, había preguntado a mi chófer si conocía la iglesia adventista de Bangkok y si sabía decirme cómo llegar hasta allí. En un mapa me marcó con una cruz el lugar donde estaba ubicada, así que el sábado por la mañana me levanté muy temprano, cogí un taxi de río y el metro aéreo hasta la parada de Ekamai.
Más o menos me había trazado un plan para llegar hasta allí.
Os lo voy a explicar con un mapa:



La estrella amarilla indica la parada del BTS Sky Train donde bajé. El marcador azul con un punto negro en el centro, es el lugar donde está ubicado el colegio adventista de Ekamai. Entre esos dos puntos hay unos 2 kilómetros (1,5 en línea recta). Según la orientación de mi mapa, tenía que caminar hacia el norte y coger la calle nº 12 a la derecha.

En el punto rojo, pregunté a una señora si conocía la iglesia adventista, y me dijo que iba en la dirección equivocada, se encontraba al otro lado de la vía del tren. Eso me desorientó, pero estaba convencida de que no, que yo iba bien! 
Seguí mi camino, llevaba más de media hora andando en línea recta y nunca llegaba la calle nº 12. Decidí girar a la derecha, porque sabía que la iglesia estaba en una calle hacia la derecha, pero allí no había nada, casas, casas, más casas, muy pocos carteles, muy poca gente, y el sol brillando...

Al llegar al final de la calle sin salida, en el punto verde, pregunté a un señor cómo podía llegar hasta la calle nº 12, y me indicó que tenía que volver sobre mis pasos y continuar hacia delante. Media hora más tarde volví a girar a la derecha, estaba en la calle nº 10, no podía faltar mucho!!

En el punto morado, un motorista me dijo que al final de la calle debía girar a la izquierda y después a la derecha, allí encontraría el colegio. Tras otra media hora de camino, eché un vistazo y no encontraba indicios de ninguna iglesia ni nada por el estilo. Justo allí había una especie de cuartel con un guardia de seguridad, le pregunté pero no tenía ni idea de inglés. 
La desesperación se apoderó de mí en ese momento, me senté en el borde de la calzada y comencé a llorar. Ahora no sabría volver, había dado mil vueltas y había comprobado que lo que aparentaba ser una manzana en el mapa, eran varios centenares de metros...

Me quedé un rato en el suelo, llevaba 2 horas caminando, estaba agotada, y había perdido toda la ilusión.
Recopilando información, tracé una línea mental y decidí caminar de nuevo por la vía que había descartado al echar una ojeada.
100 metros después me topé con este cartel:



       

De verdad, no me lo podía creer. ¿Habéis sentido alguna vez como si os explotase el corazón en el centro del pecho? Algo así me pasó.
Entré en el recinto, subí unas escaleras y me senté en una silla aislada pretendiendo pasar desapercibida, hundí la cara entre las manos y me derrumbé. ¡Ni en mis peores sueños había imaginado que pasaría mi luna de miel sola! 
No pasaron ni 10 minutos cuando una señora muy simpática vestida con un traje amarillo, se acercó a mí y me invitó a unirme a una clase de debate. Acepté y me senté con un grupo. Al terminar la clase, me cambié de asiento y noté que alguien me tocaba en la espalda:

- Hey, where are you from?
- I'm from Spain
- Really?? Qué estás haciendo aquí sola?
- Bueno... es una historia un poco extraña...
- ...

Era Bronsen, un chico norteamericano que daba clases de español en el colegio. Después del culto me presentó a sus alumnos y me invitaron a comer.



Acompañé a Nicole a su apartamento para después encontrarnos con otros dos jóvenes que trabajaban en el colegio, Andrew y Toshi. Los 4 juntos fuimos a cenar. Aproveché para llamar a MI MITAD, todo estaba yendo bien, dentro del dolor de la distancia.
Luego visitamos el mercado nocturno de Suan Lum, mientras llovía a cántaros. Así terminaba el segundo día en Bangkok, sin duda Él estuvo a mi lado una vez más y puso ángeles en mi camino para que me guiasen en esta enorme ciudad.


jueves, 19 de enero de 2012

Sueños rotos... y reconstruidos

Hace un año y 3 meses, mi esposo y yo nos decidimos a visitar Tailandia en nuestro viaje de novios.
Teníamos muy claro que era allí a donde queríamos ir.
Después de muchos preparativos y algunos contratiempos, salimos un 29 de septiembre desde Madrid, nos esperaba un vuelo de 12 horas para llegar a la capital de este país fascinante, Bangkok.
Cuando ya no sabíamos que postura adoptar en aquellas butacas de color fucsia, aterrizamos en el aeropuerto Suvarnabhumi. Un calor pegajoso se impregnó en nuestra ropa nada más descender, y caminamos varios centenares de metros hasta llegar al control de viajeros.


En los pasillos interminables, lucían suntuosos tapices de mil colores, peinados a diario y cuidados con mucho mimo. Tan chocante recibimiento no nos hacía ni sospechar lo que estaba por suceder.
Pasé el control de aduana como una turista más, pero a mi querido esposo le impidieron la entrada al país por necesitar un visado que en la embajada no le facilitaron al creer que el simple hecho de pertenecer a la Unión Europea bastaría para poder viajar sin problemas.
Aquello rompió todos nuestros esquemas, teníamos que encontrar una solución rápidamente, pero nos quedaban muy pocas opciones que la policía nos explicó: volver a España en el siguiente vuelo sin pisar siquiera suelo tailandés, marcharnos los dos a otro país para solicitar el visado de mi esposo, con los correspondientes gastos y perdiendo todos los servicios ya contratados en Bangkok, o viajar mi esposo a otro país que no requería visado para solicitar el documento de entrada a Tailandia y yo quedarme en Bangkok, los dos solos, cada uno por su lado.


La decisión menos costosa y más apropiada en ese momento, aunque también la más dolorosa, fue la tercera, la separación. Un policía del aeropuerto nos guió a través de escaleras mecánicas, cintas andadoras, ascensores blindados, y pasillos de mala muerte con celdas a un lado y oficinas al otro hasta las entrañas del aeropuerto, a la central de Thai Airways, para comprobar a dónde podía viajar él sin problemas mientras yo me quedaba en Bangkok.
Compramos su billete a Malasia y nos despedimos entre incredulidad y estupor, con la esperanza de que todo se solucionaría y nos volveríamos a encontrar.
Un miembro de Thai Airways me acompañó de nuevo hasta la aduana para que me dejasen volver a entrar sin pasar el control y recuperar mi maleta. Pero, ¡Oh, cielos! ¡¡Mi maleta había desaparecido!! Muy amablemente, el chico me acompañó al depósito de equipajes perdidos y comprobaron en sistema que habían facturado mi maleta en el vuelo de mi esposo a Malasia...


Ya no me extrañó, todo estaba saliendo del revés, mi esposo rumbo a un país del que no sabíamos nada, sin conocer el idioma, sin alojamiento, sin apenas dinero, ¡¡y con 4 maletas!! 


El chófer que habíamos contratado ya no nos esperaba, habían pasado 3 horas desde que aterrizamos, así que el chico de Thai me llevó hasta la estación de tren que me llevaría hasta la ciudad. Hasta aquí me ayudó mi ángel, a partir de aquí: a la aventura!


Me subí al tren, con una mochila llena de mapas, crucigramas y NADA MÁS.
Al llegar a Bangkok cogí un taxi verde que me llevó al hotel, desde donde pude contactar con la agencia para que vinieran a buscarme y visitar los templos de la ciudad, con ropa de abrigo, a 32º...




La visita fue espectacular, era como estar en un sueño, tooooodas las decenas de programas que había preparado para mis clientes eran reales!! Desde luego no era lo mismo verlo sin tener a alguien con el que alucinar juntos.
Fue un día muy intenso, una primera toma de contacto anonadante. Al terminar la visita me dejaron en un centro comercial donde pude comprar productos de aseo y algo de ropa ligera para sobrevivir al calor húmedo sin mis pertenencias, sola con el Señor a mi lado, siempre.